Elvira, incapaz
de mantener sus pulsaciones ante los gritos de Lorena, la crueldad sufrida por
Pascal por parte de Verófriga y la película de Los Vengativos a todo volumen,
solo podía gritar para detener la masacre que la raptora estaba acometiendo
encharcando toda la sala con la sangre del joven.
– ¡Te he estado aguantando dos
años! ¡Te presenté a más personas para que te relacionaras con alguien más que
conmigo y me dejaras en paz!
Pero Verófriga
estaba muy centrada en la nueva corbata de Pascal.
– ¡Si no nos importaras, no te habríamos
hecho una fiesta de cumpleaños! –Insistió Elvira.
– Y vaya qué cumpleaños –se detuvo la sádica
–, para esa mierda no haberme hecho nada.
–Era nuestra intención, pero fuimos
considerados e hicimos algo, aunque tu amistad fuera menos que escasa.
– Y por eso os estoy haciendo el mejor
regalo que una amiga puede haceros.
Verófriga continuó
sin hacer caso.
– ¡Estás enferma! –La gritó Lorena sin éxito
alguno.
Pero de qué sirve
contar la historia por el final, o casi por el final.
Todo comenzó una gélida
y lóbrega mañana de un vulgar y simplón día laborable en un mediocre instituto cochambroso
donde los aprobados surgían gracias al dinero.
Esa mañana, Elvira
estaba de camino al instituto pensando en aquel joven de su clase al que tanto
deseaba tener una conversación. Solo con verlo su corazón latía más fuerte,
aspiraba más aire y sudaba más las manos. Sus palabras no serían pensadas, ni
tampoco controladas. Hablar con el joven era un reto, pero sus ansias de
afianzar lazos con él eran más fuertes que su timidez.
Iba a ser un día rutinario:
sentarse en clase, aguantar a sus compañeros, desconectar de los profesores,
escribir cuatro garabatos en su cuaderno de la pizarra y comerse el almuerzo
apoyada en la ventana con vistas al patio en el recreo. Su compañera y amiga de
curso Juana estaría ahí para darla charla, aunque las conversaciones que tenían
dejaban poco que desear.
No obstante, a
mitad de camino entre su casa y el insulso instituto se encontró con una chica
de espaldas. Sin darle importancia, se colocó a su lado, paradas, a la espera
de que la carretera que debían cruzar estuviera vacía de coches que marchaban
al trabajo o llevaban a sus hijos tardones a las clases de las ocho. A primera
vista, Elvira pensó que la chica, de pelo largo y castaño claro, iba a ser
normal, así que para animar con una sonrisa y olvidarse del helado viento que
soplaban por las calles de la ciudad comentó lo que sería su condena en dos
años.
A ver si dejan de pasar los malditos
coches, que habremos madrugado para morir congeladas. Saltó sin pensar que la
otra chica la había escuchado.
Sí, es cierto. Rió sin control.
Aquella risa la
dio un pánico que la contrajo todos los músculos como ninguna helada la había hecho
sentir. Cuando se estaba girando presintió un infarto de sentimientos. Al verla,
un grito interno de película de terror la hizo retumbar. Su cara se puso blanca
al ver a una criatura fuera de este planeta.
La cabeza de la
chica era pequeña como un guisante y puntiaguda como un erizo. Sus ojos no
superaban el grosor de una línea creada por una lapicera, y estaba tan
desproporcionada su boca que su mandíbula inferior estaba hundida hasta llegar
a su nuca, dejando unos dientes superiores amarillos como un castor, y su risa
era tan horrenda como una hiena en celo. Sin embargo, su cabeza no era lo único
horripilante. El cuello lo tenía doblado como un australopithecus afarensis,
colgando los brazos muy por delante de su encorvado tronco sujetado por unos
palillos como piernas con una talla de bebé en los pies. Su vestimenta no era
de aquella época, sino que copiaba a su madre, de cincuenta y muchos años,
siendo su camiseta un estampado de flores con volantes y unos pantalones de
rayas pitillo que la quedaban como campana hasta por debajo de esas bolas a las
que hacía llamar rodillas al estilo Obelix, solo que ella era mil veces más
tirillas que él. Lo más chocante de ella, que no era poco, es que cargaba con
un menhir de mochila donde se podía esconder en caso de pánico nuclear, tan
grande como una maleta de cincuenta quilos.
Pensando que
nunca jamás de los jamases, ni se presentó. Elvira volvió a mirar a la
carretera, y mientras había estado aterrada por el aspecto físico de la chica
esa, si es que se puede llamar chica, los coches habían cesado y existía un
hueco por donde cruzar. Sin querer mirar atrás, aceleró el paso para llegar al
instituto, sintiendo por primera vez que iba a ser su refugio ante la criatura
que había visto hace unos segundos. La fortuna no se presentó cuando estaba
siendo alcanzada por aquel espectro, corriendo como alma lleva al diablo y
veinte quilos más de libros.
Estaban a la
altura, y Elvira quería evitar todo tipo de contacto visual. Verófriga, por su
parte, no la quitaba la vista de encima, haciendo el ridículo al mostrar interés
para presentarse, pero cortándose todo el tiempo, quedando como una pringada.
Ya en clase, Elvira
estaba a gusto. El duende que había visto en la carretera la pareció la muerte
en vida. Nada bueno podía salir de esa “cosa”. En el recreo se quedó con Juana,
y por arte de magia, apareció esa pesadilla que creía haber soñado. La clase
media cuarenta y cinco metros cuadrados, y la cruzó en menos de seis pasos en
el lado más corto. Se sentó al lado de Elvira, dejándola entre ella y Juana.
– Hola. –Saludó sin mirar a los ojos
Verófriga.
– ¿No eres tú la de la carretera? –Fingió
desconocerla. Cómo olvidar semejante esperpento.
Soy Verófriga Cabezona.
– “Ridículo, con la cabeza de nuez que
tienes…” –Pensó al oír su apellido. – Me llamo Elvira, y ésta es Juana.