domingo, 15 de septiembre de 2013

Yo Soy Vero 2º Parte

Elvira, incapaz de mantener sus pulsaciones ante los gritos de Lorena, la crueldad sufrida por Pascal por parte de Verófriga y la película de Los Vengativos a todo volumen, solo podía gritar para detener la masacre que la raptora estaba acometiendo encharcando toda la sala con la sangre del joven.
         – ¡Te he estado aguantando dos años! ¡Te presenté a más personas para que te relacionaras con alguien más que conmigo y me dejaras en paz!
Pero Verófriga estaba muy centrada en la nueva corbata de Pascal.
         – ¡Si no nos importaras, no te habríamos hecho una fiesta de cumpleaños! –Insistió Elvira.
         – Y vaya qué cumpleaños –se detuvo la sádica –, para esa mierda no haberme hecho nada.
         –Era nuestra intención, pero fuimos considerados e hicimos algo, aunque tu amistad fuera menos que escasa.
         – Y por eso os estoy haciendo el mejor regalo que una amiga puede haceros.
Verófriga continuó sin hacer caso.
         – ¡Estás enferma! –La gritó Lorena sin éxito alguno.
Pero de qué sirve contar la historia por el final, o casi por el final.
Todo comenzó una gélida y lóbrega mañana de un vulgar y simplón día laborable en un mediocre instituto cochambroso donde los aprobados surgían gracias al dinero.
Esa mañana, Elvira estaba de camino al instituto pensando en aquel joven de su clase al que tanto deseaba tener una conversación. Solo con verlo su corazón latía más fuerte, aspiraba más aire y sudaba más las manos. Sus palabras no serían pensadas, ni tampoco controladas. Hablar con el joven era un reto, pero sus ansias de afianzar lazos con él eran más fuertes que su timidez.
Iba a ser un día rutinario: sentarse en clase, aguantar a sus compañeros, desconectar de los profesores, escribir cuatro garabatos en su cuaderno de la pizarra y comerse el almuerzo apoyada en la ventana con vistas al patio en el recreo. Su compañera y amiga de curso Juana estaría ahí para darla charla, aunque las conversaciones que tenían dejaban poco que desear.
No obstante, a mitad de camino entre su casa y el insulso instituto se encontró con una chica de espaldas. Sin darle importancia, se colocó a su lado, paradas, a la espera de que la carretera que debían cruzar estuviera vacía de coches que marchaban al trabajo o llevaban a sus hijos tardones a las clases de las ocho. A primera vista, Elvira pensó que la chica, de pelo largo y castaño claro, iba a ser normal, así que para animar con una sonrisa y olvidarse del helado viento que soplaban por las calles de la ciudad comentó lo que sería su condena en dos años.
         A ver si dejan de pasar los malditos coches, que habremos madrugado para morir congeladas. Saltó sin pensar que la otra chica la había escuchado.
         Sí, es cierto. Rió sin control.
Aquella risa la dio un pánico que la contrajo todos los músculos como ninguna helada la había hecho sentir. Cuando se estaba girando presintió un infarto de sentimientos. Al verla, un grito interno de película de terror la hizo retumbar. Su cara se puso blanca al ver a una criatura fuera de este planeta.
La cabeza de la chica era pequeña como un guisante y puntiaguda como un erizo. Sus ojos no superaban el grosor de una línea creada por una lapicera, y estaba tan desproporcionada su boca que su mandíbula inferior estaba hundida hasta llegar a su nuca, dejando unos dientes superiores amarillos como un castor, y su risa era tan horrenda como una hiena en celo. Sin embargo, su cabeza no era lo único horripilante. El cuello lo tenía doblado como un australopithecus afarensis, colgando los brazos muy por delante de su encorvado tronco sujetado por unos palillos como piernas con una talla de bebé en los pies. Su vestimenta no era de aquella época, sino que copiaba a su madre, de cincuenta y muchos años, siendo su camiseta un estampado de flores con volantes y unos pantalones de rayas pitillo que la quedaban como campana hasta por debajo de esas bolas a las que hacía llamar rodillas al estilo Obelix, solo que ella era mil veces más tirillas que él. Lo más chocante de ella, que no era poco, es que cargaba con un menhir de mochila donde se podía esconder en caso de pánico nuclear, tan grande como una maleta de cincuenta quilos.
Pensando que nunca jamás de los jamases, ni se presentó. Elvira volvió a mirar a la carretera, y mientras había estado aterrada por el aspecto físico de la chica esa, si es que se puede llamar chica, los coches habían cesado y existía un hueco por donde cruzar. Sin querer mirar atrás, aceleró el paso para llegar al instituto, sintiendo por primera vez que iba a ser su refugio ante la criatura que había visto hace unos segundos. La fortuna no se presentó cuando estaba siendo alcanzada por aquel espectro, corriendo como alma lleva al diablo y veinte quilos más de libros.
Estaban a la altura, y Elvira quería evitar todo tipo de contacto visual. Verófriga, por su parte, no la quitaba la vista de encima, haciendo el ridículo al mostrar interés para presentarse, pero cortándose todo el tiempo, quedando como una pringada.
Ya en clase, Elvira estaba a gusto. El duende que había visto en la carretera la pareció la muerte en vida. Nada bueno podía salir de esa “cosa”. En el recreo se quedó con Juana, y por arte de magia, apareció esa pesadilla que creía haber soñado. La clase media cuarenta y cinco metros cuadrados, y la cruzó en menos de seis pasos en el lado más corto. Se sentó al lado de Elvira, dejándola entre ella y Juana.
         – Hola. –Saludó sin mirar a los ojos Verófriga.
         – ¿No eres tú la de la carretera? –Fingió desconocerla. Cómo olvidar semejante esperpento.
         Soy Verófriga Cabezona.

         – “Ridículo, con la cabeza de nuez que tienes…” –Pensó al oír su apellido. – Me llamo Elvira, y ésta es Juana.

1 comentario:

  1. Desde ese momento, Verófriga se unió a ellas como amiga de toda la vida. Al principio las clases eran aburridas para Elvira y Juana, quienes estaban un poco separadas en los asientos, y deseaban que llegara el recreo. Nada más tocar el timbre, todos recogieron, y cuando se abrió la puerta allí estaba ella, con su gran mochilón, cargada de libros hasta arriba que impedía su cierre, sus gafas que intentaban agrandar sus enanos ojos, y su vestimenta de los años sesenta de 1800. Entró interrumpiendo el paso de los que querían salir y se sentó entre Juana y Elvira, impidiendo que hablaran entre ellas dos.
    Elvira no le dio importancia, y se sentó delante de ambas: Juana a su derecha, y Verófriga a su izquierda. Empezó la conversación: Elvira sacó un tema, daba su opinión y ofrecía dudas para que la charla continuara. Juana era la única que respondía, dando su punto de vista para que Verófriga también participara, pero ésta se quedó al margen. Sacó su bocadillo de pladur y cartón envuelto en papel aluminio y se lo comió como un ratón. Mismamente lo parecía, al acto y a la vista, pues con esos dientes que sacaba para sonreír se parecía más a un caballo enfermo que a una persona con periodontitis.

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